Clásica 2

Revista de Ópera y Música Clásica

El Ocaso de los Dioses desde el MET de Nueva York en Yelmo Cines

Fecha de publicación: 06 de febrero de 2012

El próximo sábado 11 de febrero, a las 18 horas, Yelmo Cines proyectará en directo y Alta definición desde el Metropolitan de Nueva York la última de las óperas del Anillo del Nibelungo de Ricahd Wagner El Ocaso de los Dioses. La ficha técnica de esta espectacular producción de Robert Lepage, y un pequeño trailer de la misma y ortos videos del Metopolitan Opera, son estos:

Fecha del evento: 11 de febrero de 2012
Deborah Voight, Brünnhilde en el MET

 

Música ClásicaNOTICIAS DE ÓPERA EN CLASICA2

Revista de música clásicaFICHA TÉCNICA

Producción: Robert Lepage 
Director Musical: Fabio Luisi
Escenografía: Carl Fillion 
Vestuario: François St-Aubin
Iluminación: Etienne Boucher

Revista de música clásicaREPARTO

Brünnhilde: Deborah Voigt 
Gutrune: Wendy Bryn Harmer 
Waltraute: Waltraud Meier 
Siegfried: Jay Hunter Morris 
Gunther: Iain Paterson 
Alberich: Eric Owens 
Hagen: Hans-Peter König 
 
Duración estimada: 5 horas 55 minutos
 

Revista de música clásica SINOPSIS ARGUMENTAL (Fuente The Metropolitan Opera)

 
Prólogo
 
Cerca de una caverna en la roca de las valquirias, las Nornas, hijas de Erda, tejen los hilos del destino (“Welch Licht leuchtet dort?”). Cuentan cómo Wotan ordenó talar el gran fresno del mundo, con el que un día se talló su lanza, y amontonar su madera alrededor del Valhala. La quema de esta pira marcará el fin del antiguo orden de los dioses. Cuando una de las Nornas menciona a Alberich y el robo del oro del Rin, el hilo se rompe. La sabiduría de las Nornas ha llegado a su fin. Aterradas, descienden hasta el fondo de la tierra. 
 
Al amanecer, Sigfrido y Brunilda salen de la caverna (“Zu neuen Taten”). La ex valquiria le ha dado su armadura a Sigfrido y le ha transmitido toda su sabiduría. Ahora lo envía camino de hazañas heroicas por el mundo. Como prenda de su amor, Sigfrido le entrega el anillo que le arrebató al dragón Fafner, y a cambio, ella le ofrece su caballo, Grane. Se despiden, y Sigfrido emprende su viaje (Viaje por el Rin).
 
Acto I
 
En el palacio de los gibichungos a orillas del Rin, Gunther y Gutrune hablan de la gloria decadente de la familia real con su hermanastro, Hagen. Hagen envidia a Gunther por ser el heredero legítimo, mientras que el cobarde Gunther anhela la inteligencia de Hagen. Hagen aconseja a Gunther y Gutrune fortalecer su reino a través del matrimonio, y sugiere a Brunilda como esposa para Gunther, y a Sigfrido como esposo para Gutrune. Como sólo el más fuerte de los héroes puede atravesar el fuego en la roca de Brunilda, Hagen propone un audaz plan: una poción mágica hará que Sigfrido olvide a Brunilda y se enamore de Gutrune. Para ganársela como esposa, irá a buscar a Brunilda para que se case con Gunther. Cuando se oye el cuerno de Sigfrido desde el río, Hagen lo llama. Gutrune le ofrece la poción a Sigfrido, y éste levanta la copa a la salud de Brunilda. Pero apenas bebe, ella se borra de su memoria, y confiesa su amor por Gutrune. Gunther describe a la esposa que ha elegido para él: una joven que habita en una montaña rodeada de fuego. Sigfrido se ofrece a atravesar las llamas con el Tarnhelm, un yelmo mágico que lo transformará en Gunther. Los dos hombres hacen un juramento de sangre (“Blühenden Lebens labendes Blut”), pero Hagen se niega a unirse a ellos, alegando que su sangre es impura. Sigfrido y Gunther parten, mientras Hagen se queda atrás vigilando las orillas del río (“Hier sitz ich zur Wacht”).
 
En lo alto de la montaña, Brunilda espera el regreso de Sigfrido, cuando de repente, la llegada de su hermana Waltraute interrumpe sus pensamientos. Horrorizada ante la inminente destrucción del Valhala, Waltraute ha venido a pedirle ayuda a Brunilda. El único modo de salvar a los dioses, afirma, es que Brunilda devuelva el anillo a las hijas del Rin, sus dueñas legítimas. Brunilda rechaza furiosa, declarando que el amor de Sigfrido es más importante para ella que el sino de los dioses. Waltraute se va, desesperada. Se escucha a lo lejos el cuerno de Sigfrido y Brunilda no cabe en sí de gozo. Pero su felicidad pronto se torna en perplejidad y terror, cuando una silueta desconocida aparece ante ella, le anuncia que se va a casar con Gunther, y le arranca el anillo de su mano.
 
Acto II
 
Ha caído la noche, y Hagen se ha quedado dormido fuera del palacio de los gibichungos. Alberich aparece como en un sueño, y le recuerda a su hijo que debe recuperar el anillo. (“Schläfst du, Hagen, mein Sohn?”). Al amanecer, llega Sigfrido, e informa a Hagen de que pronto llegarán Gunther y Brunilda en barco. Hagen convoca al clan de los gibichungos para que den la bienvenida a su rey, (“Hoiho, hoiho!”), y Gunther entra con la humillada Brunilda. Al ver a Sigfrido, el asombro de Brunilda pronto se transforma en cólera, y lo acusa enfurecida de haberla traicionado. Todavía bajo el hechizo de la poción mágica, Sigfrido le dice inocentemente que él va a casarse con Gutrune, y que ella va a ser la esposa de Gunther. Brunilda ve el anillo en el dedo de Sigfrido, y exige saber quién se lo ha dado, ya que precisamente la noche anterior se lo quitó a ella el supuesto Gunther. Hagen le pide a Brunilda que explique detalladamente lo ocurrido, y apela a los hombres a que escuchen con atención. Brunilda acusa a Sigfrido de haberle robado el anillo, y declara que es su marido. Sigfrido protesta, y jura por la espada de Hagen que no ha hecho nada malo. (“Helle Wehr! Heilige Waffe!”). Rechaza las acusaciones de Brunilda y conduce a Gutrune y a los demás hombres hasta el palacio para que empiecen las celebraciones. 
 
Brunilda, fuera de sí, sólo piensa en vengarse. (“Welches Unhold’s List”). Hagen se ofrece a matar a Sigfrido, pero Brunilda le dice que es invencible: ella lo ha protegido con su magia, excepto en la espalda, porque él nunca le da la espalda a su enemigo. Gunther no está seguro de querer participar en la conspiración, pero cuando Brunilda lo llama cobarde y Hagen le explica el poder del anillo, acaba por ceder. Hagen sugiere que el asesinato parezca un accidente de caza. Mientras Gunther y Brunilda imploran la ayuda de los dioses, Hagen invoca a Alberich. 
 
Acto III
 
Sigfrido, separado de su grupo de cazadores, se encuentra con las hijas del Rin a orillas del río. Le piden que les devuelva el anillo. Está a punto de acceder, pero cuando le cuentan la maldición de Alberich, decide quedárselo para demostrar que no le teme a nada. Tras predecir la inminente muerte de Sigfrido, las hijas del Rin desaparecen y entran Hagen, Gunther y el resto de los cazadores. Hagen le pide a Sigfrido que hable de su juventud, y él describe su vida con Mime, la forja de la espada Notung y su lucha con el dragón. (“Mime hiess ein mürrischer Zwerg”). Mientras habla, Hagen le ofrece una copa de vino que contiene un antídoto para la poción del olvido. Sigfrido recupera la memoria y continúa su relato, describiendo cómo atravesó el fuego y despertó a Brunilda. Cuando pronuncia ese nombre, Hagen le clava la lanza a Sigfrido. Cuando Gunther, estupefacto, le pregunta qué ha hecho, Hagen responde que ha vengado un falso juramento. Sigfrido muere recordando a Brunilda, con su nombre en los labios. Los demás hombres se llevan su cadáver. (Música fúnebre). 
 
De vuelta en el palacio de los gibichungos, Gutrune despierta de un mal sueño, preguntándose qué le ha ocurrido a Sigfrido. Al ver llegar su cadáver, acusa a Gunther de asesino, pero éste responde que Hagen es el culpable. Los dos hombres luchan por el anillo y Gunther muere. Cuando Hagen se dispone a apoderarse del anillo, el fallecido Sigfrido levanta su brazo amenazador, aterrando a todos los presentes. Brunilda entra y ordena serenamente levantar un pira funeraria a orillas del Rin (“Starke Scheite schichtet mir dort”). Denuncia la culpabilidad de los dioses en la muerte de Sigfrido, le quita a éste el anillo de su mano y se lo promete a las hijas del Rin. Se lo pone en el dedo, enciende la pira y se lanza a las llamas. Las aguas del río se desbordan y destruyen el palacio. Hagen intenta hacerse con el anillo, pero es arrastrado hasta el agua por las hijas del Rin, quienes, jubilosas, recuperan su oro. A lo lejos, las llamas rodean al Valhala y los dioses.
 
Manuel López-Benito
 

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