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Revista de Ópera y Música Clásica

El Requiem Op. 48 de Gabriel Fauré

Fecha de publicación: 11 de noviembre de 2011

Los Programas de Mano de Clasica2. Hoy: El Requiem Op. 48 de Gabriel Fauré. El Réquiem de Gabriel Fauré (1845-1924) casi puede considerarse un clásico, además de la partitura más célebre de su autor y una de las más  objetivamente bellas de toda la Historia de la Música

Marc Chagall: Ángel azul

 

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Nuestro invitado de hoy a esta sección de Programas de Mano de la Hemeroteca Musical de Clasica2 es el compositor francés Gabriel Fauré (1845-1924) y su Réquiem Op.48, con motivo del concierto que la Orquesta Sinfónica de la RTVE ofreció el 12 de octubre de 1989. 
 

Hemeroteca de Música Clásica en Clasica2NOTAS AL P R O G R A M A DE MANO

Cita

"El Réquiem de Gabriel Fauré (1845-1924) casi puede considerarse un clásico, además de la partitura más célebre de su autor y una de las más  objetivamente bellas de toda la Historia de la Música, dotada de una intangible magia interna por la que incluso ha sido tachada de excesivamente hedonista. Fauré se defendía en los siguientes términos contra tal afirmación en un artículo de Comoedia del 12 de julio de 1902, firmado por el crítico Louis Aguettant:

Se ha dicho que no expresaba el horror de la muerte, y algunos lo han denominado canción de cuna de la muerte. Pero es así como yo siento la muerte: como una liberación dichosa, una aspiración a la felicidad del más allá, mucho más que como un tránsito doloroso

En efecto, el Réquiem de Fauré se aparta de la tradición decimonónica de la gran misa de difuntos-tal como la concibieron Cherubini, Berlioz o Verdi- en su rechazo de todo carácter operístico y la ausencia de elementos dramáticos que evoquen los terrores del Juicio Final, y busca, por el contrario, una línea expresiva intimista y conciliadora.

Fauré estaba muy familiarizado con la música sacra desde sus estudios en la École de Musique Classique et Reeligieuse de Niedermeyer. En 1877 sucedió a su maestro Saint-Saëns como organista en La Madeleine, convirtiéndose en 1896 en maestro de coro. Su actividad como músico de iglesia duró más de cuarenta años (hasta que fue nombrado director del Conservatorio, en 1905), un hecho que puede sorprender en una persona que se declaraba no creyente si no pensamos en las escasas posibilidades de supervivencia para un compositor que no procediese de una familia acomodada. 

La edición de la correspondencia de Fauré, publicada por Jean-Michel Nec-toux en Flammarion (París, 1980), ha permitido reconstruir la génesis del Réquiem.

Al contrario de lo que suele afirmarse, no fueron la muerte de su padre, en julio de 1885, ni la de su madre, en los últimos días de 1887, lo que llevó a a Fauré a escribir el Réquiem, sino su propia necesidad en enfrentarse con uno de los temas fundamentales de la música religiosa a lo largo de la historia, parte de las obligaciones propias de su cargo. La composición de la obra se inició probablemente en 1886, y el 16 de enero de 1888 se ejecutó por primera vez en un funeral “de primera clase” por el alma de Joseph Le Sougaché, bajo la dirección del autor.

Fauré contó entonces con los medios de que disponía en La Madeleine, un coro de voces blancas (con un niño soprano en el Pie Jesu) y graves y una pequeña formación orquestal de violas, chelos, y contrabajos (a los que se unía un violín solista en el Sanctus, que hoy escuchado produce un efecto ineludiblemente kitsch), arpa, timbales y una importante parte para órgano, destinada al magnífico instrumento de La Madeleine, un Cavaillé-Coll, como los que abundan en las iglesias del País Vasco.   

La composición fue tan rápida que no tuvo tiempo de terminar la orquestación. En 1889 añadió a los cinco números iniciales el Ofertorio, y en 1890 revisó el Libera me (que había quedado finalmente excluido en 1887). En 1889 el editor Hamelle convenció a Fauré de que añadiese a la primitiva instrumentación dos flautas, dos clarinetes, dos fagotes, cuatro trompas, dos trompetas y tres trombones. De esta tarea no se encargó Fauré, sino su alumno Jean-Roger Ducasse, a quien deben atribuirse los errores que aparecen en la partitura, impropios de una mano tan minuciosa como la de Fauré. 

Esta versión definitiva, que traiciona un tanto el carácter camerístico inicial, resulta más adecuada a las salas de conciertos, mientras la primera está más unida a su origen litúrgico. Se estrenó en el Trocadero de París el 12 de julio de 1900 por la Orquesta Lamoureux, dirigida por Paul Taffanel.

El secreto del Réquiem de Fauré se basa, aparte de en el encanto melódico de sus temas, en el equilibrio estructural y armónico que guarda. Los primeros seis movimientos se dividen, a su vez, en dos secciones, y el último (In Paradisum, cuyo texto, al igual que el del Libera me que lo precede, no pertenece a la misa de difuntos, sino al ritual del entierro) constituye un seráfico postludio. El talante elegíaco está estrechamente relacionado con la utilización de la tonalidad de Re, que tanto en su modalidad mayor o menor (y en la relativa mayor de esta última Fa) dominan, respectivamente, el primero y el segundo, el quinto y el sexto movimientos.

Entre estos dos bloques tonales encontramos el Sanctus (en Mi bemol mayor) y el Pie Jesu (en Si bemol mayor). Añadamos a esto las concisas y ajustadas intervenciones de los dos cantantes solistas y ciertos detalles de orquestación realmente exquisitos (los arpegios del arpa respondidos por la cuerda al comienzo del Sanctus, o la simplicidad casi infantil del último número) y estaremos ante una de las obras más apropiadas para dejarnos llevar por los sentidos sin tener que recurrir al intelecto.

La anterior ocasión en que la Orquesta Sinfónica y Coro de RTVE interpretaron el Réquiem de Fauré fue en 1967, en el Teatro de la Zarzuela, en un concierto histórico dirigido por Nadia Boulanger, discípula del compositor. 

Fin de la cita

Tocadiscos de música clásica en Clasica2AUDICIÓN DE MÚSICA CLÁSICA EN CLASICA2

Escuchemos para conmemorar este concierto de la Orquesta Sinfónica de la RTVE el final In Paradisum del Requiem Op. 48 de Gabriel Fauré

In Paradisum
 
In Paradisum deducant angelli;
In tuo adventu suscipiant te martyres
Et perducan te in civitatem
Sanctam Jerusalem.
Chorus angelorum suscipiat
Et cum Lazaro, quondam paupere,
Aeternam habeas réquiem
Que los Ángeles te guíen al paraíso;
Que los mártires te reciban allí
Y te guíen hasta la santa ciudad
De Jerusalén. Que un coro de Ángeles
Te reciba que junto a Lázaro,
Que fue en vida un mendigo,
Encuentres el descanso eterno

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