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Revista de Ópera y Música Clásica

Tchaikovsky: Sinfonía nº 6 en re menor Op. 74 Patética

Fecha de publicación: 04 de marzo de 2015

HEMEROTECA DE MÚSICA CLÁSICA. He aquí una nueva entrega de las trancripciones que vengo publicando de las notas que acompañan a los discos de vinilo de mi colección. En esta ocasión os invito a leer la reseña que Ruth Berges hace de la Sinfonía nº 6 en re menor Op. 74 "Patética" de Tchaikovsky y que aparece en el álbum CID 3029 del Club Internacional del Disco.

Edward Henry Potthast (1857-1927)

 

música clásica SINFONÍA Nº 6 EN RE MENOR Op. 74 "PATÉTICA"

En este disco, la obra está interpretada por la Orquesta Tonhalle de Zúrich dirigida por Otto Ackermann.

El texto dice así:

Tal vez  sólo la Sexta Sinfonía de Peter Ilytch Tchaikovsky haya alcanzado la misma popularidad que la Quinta Sinfonía de Beethoven.  Tal popularidad es un tributo a la habilidad del compositor para llegar hasta el fondo de los corazones de las masas, formadas por seres que difieren grandemente entre sí, pero a los que la música de Tchaikovsky, con su fuerza creadora y arrolladora, funde en un mismo sentimiento de arrobo y dulzura. Porque la música de Tchaikovsky debe brotar de profundos manantiales del alma humana es por lo que ha de vivirse emocionalmente, sin necesidad de explicaciones de orden intelectual.

La Sinfonía núm. 6 en si menor, Opus 74, es un producto de la madurez de Tchaikovsky, compuesta cuando se hallaba en la plenitud de su fuerza creadora, y, a la vez, emocionalmente joven, interesado en exagerados conflictos personales más que en problemas universales. La fecha exacta de la composición es el año 1893, el del fallecimiento del compositor. La sinfonía habría podido ser considerada como la primera de sus obras maduras, el comienzo de una nueva fase, porque hay en ella inherentes toques de nobleza no tan aparentes en sus primeras obras, pero el destino dispuso que no fuera así, y, según el curso que tomaron los acontecimientos, la obra es el majestuoso toque final a su monumento.

Por extraño que parezca, fue primeramente concebida en octubre de 1896, cuando Tchaikovsky escribió al Gran Duque Constantino diciéndole que estaba ansioso de componer una sinfonía que fuera el punto culminante y final de toda su obra. No fue, sin embargo, hasta tres años y medio después cuando escribió a su sobrino favorito Vladimiro, a quién dedicó su obra: “En el viaje (a París en diciembre de 1892) me vino la idea de componer una sinfonía, esta vez con un programa, pero un programa que será un enigma para todos: que lo adivine quien pueda. La obra se titulará “Una Sinfonía-Programa”. El programa es completamente subjetivo, y durante mis viajes, cuando la componía en mi mente, muchas veces derramé amargas lágrimas”. También mencionaba que “mucho será moderno en cuanto a la forma de esta obra. Por ejemplo, el final no será un allegro ruidoso, sino todo lo contrario: un adagio sumamente ampuloso y marcado".

Tres meses después se hallaba en Londres, deprimido por la soledad y la nostalgia. Como de costumbre cuando se hallaba lejos de su patria, la añoranza de su Rusia natal le atormentaba. Por otro lado, cuando se hallaba ya de regreso a su patria, le acometía otra forma de nostalgia inexplicable, produciéndole ora melancolía o el ansia de una vida hermética y solitaria, ora un olvido de sí mismo, un completo anonadamiento de su propia persona. Desde Londres  escribe a Vladimiro: “Sufro tormentos que no pueden expresarse con palabras (hay un trozo en mi nueva sinfonía, la sexta, donde creo haberlos expresado adecuadamente”, proclamando de este modo su satisfacción por la forma de expresión de su nueva obra. Tres meses antes de su muerte vuelve a escribir a Vladimiro: “No me sorprendería en lo más mínimo que esta obra fuera acogida desfavorablemente por la crítica. No sería la primera vez que esto me sucediera. Por lo que a mí respecta, la considero la mejor de cuantas he compuesto y, especialmente, la más sincera de toda mi obra. La quiero como jamás he querido a cualquiera de mis anteriores creaciones”.

Ciertamente, si el compositor se hallaba tan plenamente satisfecho, podemos aceptar esta sinfonía como la obra más auténtica, más verdadera y más vinculada a su propio carácter. En los ensayos, no obstante, la sinfonía no hizo impresión alguna a los músicos. “La mayor parte de ellos, con una expresión en sus rostros de total indiferencia: algunos bostezaban, aburridos. Tchaikovsky no dijo una palabra, pero su rostro parecía de yeso”, escribe su biógrafo Richard Stein.

Y como si los ensayos hubieran sido una anticipación de los acontecimientos, la función del estreno en Petersburgo, dirigida por el compositor mismo, no despertó más entusiasmo que el que la obra fuera aplaudida y que el compositor –que estaba pálido y silencioso- fuera llamado al palco escénico a compartir los aplausos con sus músicos. Similarmente, la prensa acogió a la sinfonía con reserva; no había ni mucho entusiasmo ni tampoco una crítica adversa.

“Por la mañana, al día siguiente del estreno –relata el hermano del compositor, Modesto Tchaikovsky-, Peter Ilych estaba tratando de encontrar un título para su obra, ya que había abandonado la idea de llamarla “una Sinfonía- Programa”. Yo le sugerí “Sinfonía Trágica” –escribe Modesto- , pero este título tampoco le satisfizo. Repentinamente me vino a las mientes la palabra “patética”. Recuerdo, como si fuese sido ayer, cómo exclamó mi hermano: Bravo, Modesto, ¡espléndido! ¡Patética! Entonces, y allí mismo, en mi presencia, añadió a la partitura el título por el cual se ha conocido siempre” “Trágica” habría sido muy común, aplicada a tanta gente y a tantos acontecimientos. Patética fue más profundamente personal, ya que reclamaba no sólo simpatía y piedad, sino también respeto. El título tal vez no sea el único indicio con respecto al original “programa” de Tchaikovsky para su sinfonía. Mucho más revelador es el movimiento final, marcado adagio lamentoso, y, como conjetura, tal vez justamente, Richard Stein, la motivación para este final lento es el hecho de “que en realidad es un Réquiem”.

Cuando el sobrino de Tchaikovsky, Vladimiro, era todavía un niño e iba a la escuela, una vez se le quejó a su tío a propósito de un problema de aritmética. Tchaikovsky le contestó: “Todos tenemos que resolver problemas tan difíciles y raras veces encontramos a alguien que pueda ayudarnos a resolverlos del modo que a ti te ayudan los amigos” Considérate por lo menos, satisfecho de que puedas irte a tu casa después de que hayas resuelto tu problema” Uno podría muy bien aplicar este incidente a Tchaikovsky y a su Sinfonía Patética. Después de terminada esta obra monumental destinada por él a ser la última de su vida, cumplida su misión en ella, había resuelto su problema y ya podía “irse a casa”…

L a sinfonía está compuesta de cuatro movimientos, comenzando sobriamente con una introducción adagio que contiene el tema central. Fagots y violas marcan el tono, que es apasionado y acariciador, que lleva al primer movimiento marcado allegro non troppo. Recalca el tema con la urgencia de la desesperación. El compositor está experimentando una violenta lucha interior. Sigue un andante, cuyo tema principal es de renunciamiento. Hay una mezcla de ansiedad y de duda, seguido a su vez por una agitación apasionada. El segundo movimiento, allegro con grazia, ofrece un gran contraste con respecto al primero.

Está en tiempo cinco por cuatro y expresa una apacible resignación después de la tempestad del principio. El tercer movimiento marcado allegro molto vivace, combina una tarantela y una marcha. Es desusadamente largo, y tiene una extraordinaria instrumentación, que fluctúa desde el susurro más leve a los fortissimos de plena orquesta.

El final, adagio lamentoso, es el punto culmínate o “clímax”: la honda exposición de esta Sinfonía Patética. Los primeros arrebatos pasionales y los sentimientos de aflicción son seguidos de un himno impregnado de melancolía, de anhelos y nostalgias incesantes y desesperados, y, por último, el morir final de la melodía, dejando en la distancia sólo un gran silencio

Notas por Ruth Berges.

OTTO ACKERMANN, que aquí dirige la mundialmente famosa Orquesta Tonhalle Zurich, ha alcanzado la fama durante los últimos años. Después de varios nombramientos como director musical de la Orquesta Municipal y Teatro de Ópera, en importantes centros musicales de Checoslovaquia, Italia, Francia, Suiza y Austria, es ahora el director habitual de los teatros de Ópera de Viena y Zúrich. Aparte de sus actividades operísticas, Ackermann tiene gran demanda como director honorífico en las organizaciones orquestales más importantes de Europa. 

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A continuación os invito a que escuchéis el final de esta emocionante obra de Tchaikovsky.

Adagio lamentoso

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