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Revista de Ópera y Música Clásica

Brahms: Concierto para piano y orquesta en re menor Op. 15

Fecha de publicación: 01 de septiembre de 2015

HEMEROTECA DE MÚSICA CLÁSICA. Clasica2 os presenta hoy un nuevo disco de mi colección de vinilos de música clásica. Concretamente el Concierto para piano y orquesta nº 1 en re menor de Johannes Brahms que editó en España el sello Belter Vox con el número de catalogo 30169 y cuya carátula ilustra este artículo. Está interpretado por el pianista Friederich Wührer acompañado por la Orquesta Philarmonia de Viena bajo la dirección de Hans Swarowsky. Las notas están firmadas por Rosendo Llates.

Brahms: Concierto para piano y orquesta en re menor Op. 15

 

música clásica JOHANNES BRAHMS: CONCIERTO PARA PIANO Nº1

NOTAS

La concepción musical romántica del siglo pasado sigue dos tendencias hasta cierto punto divergentes (decimos hasta cierto punto porque el tiempo, en su transcurso, nos va descubriendo  cada día semejanzas, al paso que se atenúan, como en un paisaje cada vez más lejano, las diferencias que antaño nos parecían irreductibles). Son estas dos tendencias la revolucionaria, personificada por Chopin, Liszt, Wagner, y la llamada con alguna impropiedad clásica, que sólo presenta un genial compositor: Johannes Brahms. Schumann y Mendelssohn forman un grupo aparte. El primero, por su espíritu y en la primera parte de la creación artística, se puede encuadrar muy bien entre los revolucionarios, pero en sus últimas etapas persigue un ideal clásico y puede considerarse como un nexo entre éstos y Brahms.

Mendelssohn, romántico clasicizante, al igual que Brahms, no lo es de la misma manera que el ilustre músico hamburgués. Mendelssohn toma por modelos el Beethoven de la segunda época, y hasta más arcaicamente, el Haydn de las últimas sinfonías, con un matiz de fantasía romántica a lo Weber. Se inspira en Bach, es cierto, pero sus imitaciones –literales-, no se parecen en nada a la maciza construcción brahmsiana. Brahms, músico erudito, además, ahonda en el pasado y se inspira tanto en el Beethoven del tercer estilo, las canciones populares y los minnesingers como en la pura polifonía de Palestrina y de los maestros del XVI.

Al contrario de sus contemporáneos Liszt y Wagner, futuristas, Brahms sintió el pasado y sus grandes realizaciones como una especie de imperativo categórico al que era preciso obedecer. Y, lo más notable y sorprendente del caso es que consiguió, con esas doctrinas, una creación de las más personales, y hoy en día nadie niega que su obra, en realidad, fue tan “progresiva” como la de sus grandes antagonistas postrománticos y románticos.

El genio se burla de las teorías, tanto de los críticos, ensayistas, y pensadores, como de compositores y artistas. Es ésta una verdad que en nuestros tiempos se olvida con demasiada frecuencia. En la composición musical Brahms ha cultivado todos los géneros desde la canción, el coro y el oratorio, hasta los conciertos y sinfonías, pasando por la música de cámara. Su modelo ideal, Beethoven, había cultivado asimismo todas esas ramas de la música, aunque en su producción el lied no alcance la importancia y abundancia que tienen en el hamburgués.

Beethoven triunfó en la totalidad de las formas musicales, excepto en el teatro lírico, en el que no iguala, ni de lejos, a su casi contemporáneo Mozart. Brahms lleva su rigor más allá, y jamás probó sus fuerzas en esa liza. Sabia resolución, porque el intimismo y el clima de ensueño, que forman el nervio de la música brahmsiana, se soportan mal con el sentido dramático y la visión teatral, externa, precisos para el cultivo de la ópera.

Dentro de la producción sinfónica del maestro, los conciertos para solistas diversos y orquesta forman una sección importantísima; son, en conjunto, cuatro; dos para piano, uno para violín, además de uno doble para violín y violonchelo. Su común denominador es la extensión y la intensidad de la materia musical y la importancia y peso de la orquesta, que se combina con el instrumento solista sin partes de acompañamiento. Estos conciertos se sitúan en la línea del “Emperador” y el no menos famoso y denso para violín y orquesta del “sordo inmortal”; aunque no son simples copias sino que amplían y llevan adelante las visiones beethovenianas, situándolas en un mundo que no es el de Beethoven, áspero y voluntarioso, sino el de un romanticismo procedente del espíritu del lied vaporoso y contemplativo. De ahí deriva su gran poesía y la tensión secreta que proviene de un conflicto entre la precisión arquitectónica de las estructuras y el impalpable, indefinible, inagotable contenido de las ideas musicales que fluyen de una manera continua, sin brusquedades ni períodos seccionados, sin confundirse, pero sin dividirse las unas de las otras, como una variedad sumamente matizada dentro de una unidad suprema. Brahms realiza la fusión entre lo clásico y lo romántico; y sus conciertos, clásicos y románticos a la vez, prolongan el camino ya indicado por Beethoven y lo llevan hasta una plenitud definitiva.

La índole de este ensayo nos obliga a ceñirnos a nuestro tema, que es el Concierto nº 1 para piano y orquesta, en re menor, primera en el orden cronológico de las grandes obras compuestas por Brahms. La historia de este concierto es además muy curiosa y nos ayuda a comprender tanto la especial mentalidad del compositor como sus métodos de trabajo.

Cuando Schumann descubrió la personalidad sorprendente del joven Brahms- contaba unos veinte años de edad-, quiso proclamar ante el mundo musical el nacimiento de un nuevo Mesías. En la “Neue Zeitschrift für Müsik” la revista musical fundada y dirigida por Schumann, el gran romántico admirador de los clásicos escribió un artículo, por cierto el último que hizo en su vida, presentando a Brahms y llenándole de elogios “Brahms ostenta por completo los signos que anuncian al elegido… Tan pronto como se sienta al piano, nos arrebata a regiones maravillosas. Saludémosle en sus primeros pasos por el mundo, donde cosechará palmas y laureles sin cuento”. El artículo es del 23 de octubre de 1853. Pocos días después Schumann entraba en la fase decisiva de su locura. En febrero de 1854 intentó suicidarse y fue recluido en un sanatorio.

Los grandes elogios que nuestro romántico había hecho de Brahms, imponían una gran responsabilidad al joven tan encomiado. Poseía ya este una gran destreza en las formas musicales y un profundo conocimiento de los recursos de la composición. Pero no había comenzado aún sus grandes obras en el terreno de lo sinfónico; y comprendía que el mundo estaba aguardando la aparición de partituras maestras que justificasen las rotundas afirmaciones que Schumann había lanzado. Para ello, Brahms se puso sin dilación a trabajar en lo que debía ser una gran sinfonía. Por enero de 1854 comunicó a Schumann que ya estaba por entero terminado y orquestado el primer movimiento, y que el segundo y el tercero estaban esbozados. Schumann, como hemos visto, perdió por completo la razón y fue internado al mes siguiente.

Siguió Brahms en su tarea; pero, a medida  que iba progresando, le asaltaban fuertes dudas acerca de la construcción de aquella sinfonía. Así es que no tardó en abandonar el proyecto y, en cambio, aprovechar el material temático para la composición de una sonata a dos pianos, que ensayó junto con la esposa de Schumann, Clara Wieck, una de las mejores pianistas del pasado siglo. La experiencia dio como resultado que Brahms nuevamente se sintiese descontento de la obra realizada, considerando que su materia era demasiado rica y densa para dos pianos solos. Entonces un amigo y colega, Julius Otto Grimm, le aconsejó que la convirtiese en un concierto para piano y orquesta y Brahms aceptó plenamente la sugestión, poniendo en marcha la nueva y definitiva transformación de la obra.

Por otra parte, el compositor explica en una carta dirigida a Clara Wieck -¿verdad o ficción poética? -, el origen de su reciente decisión, presentándola como el resultado de un sueño que había tenido un tiempo atrás, cuando hacía poco que había comenzado la sinfonía. En aquel sueño, dice “Empleaba mi desdichada sinfonía para hacer de ella un concierto para piano, que yo iba tocando.” Sea como sea, lo cierto es que aprovechó los dos primeros movimientos de la sonata a dos pianos y creó un nuevo movimiento final. En cuanto al de la sonata, más tarde sirvió para uno de los números del Réquiem Alemán, (“Contempla como la carne...”).

Algunos críticos, especialmente franceses del siglo pasado y comienzos del actual (Francia tardó en comprender al músico hamburgués), han hecho hincapié en las transformaciones de las obra que examinamos, para llegar, con mala fe, a la conclusión de que Brahms padecía de una evidente desorientación en el campo de la música sinfónica cuando no veía claro si una composición tenía que ser sinfonía, o concierto. Pero lo cierto es que entonces sería preciso negar toda musicalidad al gran Bach que convierte en concierto a una cantata para coros y orquesta nada menos. Por otra parte, los conciertos para piano y orquesta principalmente han sido, desde el “Emperador” de Beethoven, más bien sinfonías con instrumento obligado, verdaderas dobles sinfonías muchas veces, cuando el solista es un instrumento polifónico como el piano. De modo que aquellas censuras apasionadas carecen de verdadero fundamento. Y aún hay otra razón, esa definitiva y que cierra de golpe, y es que, dejando aparte las historias, el Concierto en re menor, es en sí mismo una de las obras maestras del género y le basta con su audición por cualquier espíritu culto y sensible, para refutar todas las argucias de la hipercrítica, que muy a menudo no es más que un sinónimo de la cerrazón, danzando al son de la envidia bajo los siete velos del razonamiento confusionario.

En 1856, Brahms escribe a Otto Grimm que había terminado ya el primer movimiento (recordemos que el 29 de julio de aquel año moría Roberto Schumann en una clínica de Endenich, después de unos dos años largos de tranquila y melancólica locura). En 1858 el Concierto estaba definitivamente acabado y a punto de estreno.

La primera audición de la obra se efectuó en el Teatro Real de Hannover (22 de enero de 1859). Brahms –que fue un gran pianista- se encargaba del solo. Joachim, el célebre violinista, compositor y amigo de Schumann y Brahms, dirigía la orquesta. La obra estrenada fracasó completamente.

No más afortunada fue la segunda audición, en Leipzig cinco días más tarde, bajo la batuta de Julius Rietz. En una carta dirigida a Joachim, Brahms le da cuenta de lo que llama con humor su “brillante y decisivo fracaso”. El primer ensayo no produjo ninguna reacción, ni entre los ejecutantes ni entre el público; nadie vino al segundo, y ningún ejecutante movió un solo músculo del rostro. Por la noche, el primer y segundos movimientos fueron escuchados  sin  ninguna demostración. Al acabarse la obra, dos o tres pares de palmas se juntaron débilmente, mientras un silbido perfectamente distinto prohibía toda ulterior demostración. “El fracaso no me ha desanimado, sin embargo. Después de todo, yo tan sólo experimento y siento mi camino. Pero los silbidos fueron injustos

Yo tan sólo experimento y siento mi camino”. Con su modestia –que no excluía una gran firmeza- Brahms, sin pérdida de tiempo, realizó una revisión de la obra. Pasaron varios años antes de que se incorporase al repertorio de los conciertos. Parte del éxito de que más adelante ha gozado se debe a Clara Schumann, que la dio a conocer a todos los públicos de Europa.

Hoy nos extraña un tan rotundo fracaso del Concierto en re menor. Pero, para explicárnoslo, tenemos que situarnos en la fecha de su estreno: 1859. Como dice Charles Stanley: “Los conciertos de Herz, Kalkbrenner y Thalberg estaban de moda (en aquella época). El Concierto en Mi bemol de Liszt pertenecía al tipo de los conciertos brillantes, efectistas. El concierto de Schumann (1845) era corto, suave, lírico. Los dos de Chopin – mi menor y fa menor- eran modelos francos de virtuosismo. Los dos bellos conciertos de Mendelssohn eran apreciados, tanto el uno como el otro, por su pureza neo-mozartiana y su transparencia musical. Pero entonces se presentó Brahms con su concierto monstruoso, casi una hora de duración; siempre en tesitura seria, sin superficiales alardes pianísticos ni melodías que se pegan al oído. Sólo Beethoven en su “Emperador” había creado una obra para piano de naturaleza análoga; y ni el propio “Emperador” tenía el aliento y la recia musculatura que Brahms había condensado en su Concierto en re menor. En suma: no existía nada exactamente parecido en la música de aquellos tiempos, y no hay que maravillarse si los desconcertados auditores tardaron algún tiempo en adaptarse a lo que el compositor ofrecía”.

El Concierto nº 1 en re menor de Brahms consta de tres tiempos: el primer movimiento (Maestoso) arranca de golpe con uno de los más viriles y dramáticos temas jamás creados por el compositor. El movimiento entero esta surcado por las oposiciones y fragmentos apasionados a que da lugar el contraste entre el dinámico tema inicial y el tema elegíaco de los violines. Escuchando esa música encontramos verosímil la creencia de que esté inspirada en la crisis interior que produjo en Brahms la enfermedad de Schumann y su intento de suicidio. Con toda probabilidad la tristeza persiste durante el segundo movimiento (Adagio), tan lleno de ternura y de efusiones que recuerdan las frases de los tiempos lentos en los tríos románticos schumannianos. El lema “Benedictus qui venit in nomine Domini” escrito al inicio del fragmento, nos indica que se trata de una lamentación por la muerte de Schumann. Así lo afirma el biógrafo de Brahms, Max Kalbeck, basándose, entre otras cosas, en que el compositor, cuando hablaba de Schumann muchas veces lo calificaba “Mynherr Domine”.

Dos hermosos temas, el uno a cargo de la cuerda con sordina y el otro de los clarinetes, constituyen el material, desarrollado con profundidad y sentimiento.

El último movimiento es un animado Rondó, más ortodoxo en su construcción y espíritu que los tiempos anteriores; después de la cadencia del piano, sin embargo, vuelve un sentimiento contemplativo de la belleza, que lo enlaza con los movimientos anteriores.

Rosendo Llates

 

Revista de música clásicaROSENDO LLATES

Nació en Barcelona, el año 1899. Realizó estudios de composición, al propio tiempo que estudiaba el violín y cursaba el Bachillerato. En 1921 se licenció en Derecho y Ciencias Sociales en la Universidad barcelonesa. Rosendo Llates, a partir de esta fecha, se dedicó fervorosamente a las Letras, publicando ensayos en diversas revistas, un libro de poesía “Poemes lirics” y colaborando activamente en las secciones literarias y musicales de “La Publicitat” y “Mirador”.

Después de este período ha vuelto a la música, escribiendo lieder y obras pianísticas de carácter erudito y popular, alguna de las cuales se ha ejecutado en el extranjero. En el Palacio de la Música de Barcelona, y por la Orquesta Municipal de la ciudad, ha estrenado un “Concierto en mi menor para piano y orquesta”, actuando como solista la concertista María Canals.

Ha traducido al castellano obras de Dumensnil; “El Contrapunto en el siglo XX” de Humphrey Searle y “La Estructura de la música en términos de melodía y contrapunto” de Robert Erickson. Al propio tiempo tiene publicado un nuevo libro de poesía “Sentiment i paisaje”, desempeña la crítica musical de “Revista” y es colaborador del “Diario de Barcelona”

Belter se honra con la colaboración de Rosendo Llates.

Revista de música clásicaFRIEDRICH WÜHRER

Friedrich Wührer nació en Viena el 29 de julio de 1900. Muy joven demostró su gran aptitud para la música recibiendo sus primeras lecciones del profesor Marius Szudolski. Posteriormente ingresó en la Academia de Música de Viena finalizando sus estudios de piano con el Profesor Franz Schmidt y los de composición con Joseph Marx.

A los 25 años fue nombrado Profesor de Piano de la mencionada Academia de Música, tarea que alternó con sus conciertos, cada vez más numerosos y que le valieron muy pronto una gran reputación. Ha efectuado frecuentes y largas giras por toda Europa siendo considerado como uno de los más destacados pianistas de la actualidad.

Íntimo amigo de los compositores Hans Pfitzner y Max Reger estrenó varias de sus obras a él dedicadas. Desde 1946 colabora también en los cursos de técnica pianística del “Mozarteum” de Salzburgo.

Ha efectuado numerosas grabaciones para la marca Vox, a cuyo catálogo pertenece el presente disco, entre las que destacan: Conciertos para piano y orquesta nº 2 de Brahms, todos los Conciertos para piano y orquesta de Beethoven, varias Sonatas del mismo compositor, todas las Sonatas para piano de Schubert, y el extraordinario Concierto para piano de Scriabin.  

Audición de música clásicaAUDICIÓN DE MÚSICA CLÁSICA EN CLASICA2

Escuchemos a continuación el Adagio de este precioso concierto de Johannes Brahms

Johannes Brahms: Concierto para piano y orquesta nº 1 en re menor Op. 15. Adagio

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